La polémica que se generó por la inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) demostró que México es un país enfermo. Tenemos un grave problema de fondo: dos visiones contrapuestas del mundo que no solo no son compatibles, sino que ninguna de las dos es necesariamente correcta.

La cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional México (NAIM) es para muchos el primer y tal vez más grave error de la administración de Andrés Manuel López Obrador. Es probable que tengan razón.

Los problemas del aeropuerto que se está construyendo en su lugar son evidentes: es una obra que fue inaugurada sin haber sido concluida, todavía no tiene las certificaciones necesarias para que se realicen vuelos internacionales, no resolverá —al menos por el momento— la saturación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y fue construido sin que todavía quede claro cómo podrá operar en conjunto con los aeropuertos de la Ciudad de México y Toluca.

Por si fuera poco, varios de los contratos que se otorgaron para su construcción fueron adjudicados de manera directa y sin la debida transparencia (empresas recientemente creadas, proveedores sin experiencia previa o carentes de estructura e instalaciones, 77% de los contratos asignados por invitación restringida de las Fuerzas Armadas, etc.).

Pero, más allá de la voluntad caprichosa de un gobernante y la negligencia de aquellos que por abulia o conveniencia política decidieron seguir al presidente en esta malhadada empresa, también estamos los ciudadanos de a pie, el pueblo al que tanto alude López Obrador. Todo sería más fácil si este problema solo se tratara de un gobierno torpe que toma malas decisiones por capricho o necedad. El problema es que el pueblo está enfermo y dividido, y no se ve cómo pueda resolver sus diferencias en el futuro cercano.

Las huestes obradoristas celebraron como un triunfo personal la inauguración del AIFA. Es comprensible: según su visión, la obra pública más importante del sexenio de López Obrador pudo realizarse a pesar de las trabas y obstáculos que interpuso la derecha. La inauguración fue, en las palabras de uno de los más burdos propagandistas del gobierno, «un zócalo lleno de gente que vino a decirle a AMLO “presidente / presidente / presidente” y a gritar a todo pulmón “sí se pudo, sí se pudo, sí se pudo”». Es decir, lo que tendría que haber sido un logro de toda la nación, quedó reducido al triunfo de un solo hombre: el presidente.

Del otro lado, está la otra porción del pueblo: la oposición. Los malquerientes de López Obrador no perdieron la oportunidad de criticar y burlarse de las condiciones en las que fue inaugurado el AIFA.

El problema radica en que muchos miembros de la oposición caen en el garlito de emitir opiniones denigrantes y completamente desaforadas cuando intentan criticar al gobierno. Claro, no se entiende por qué se le permitió a ambulantes vender tlayudas, pósters con la imagen de López Obrador, playeras de Morena, tazas, pegatinas, libros y demás parafernalia obradorista en la inauguración de una obra pública tan trascendente. Es posible, incluso, que se les haya permitido la entrada y la colocación de sus puestos justamente para provocar la reacción “clasista” de una buena parte de la oposición. Ya antes López Obrador ha dado muestras de que le gusta encender los ánimos con su bien estudiada y pretendida “fodonguez”.

Sin embargo, tanta es la animadversión que sienten por López Obrador algunos de los miembros de la oposición, que siempre caen redonditos y se van de largo. La discusión se centró sobre el mal gusto y la “naquez” de la inauguración, en lugar de lo sustantivo: que el AIFA todavía no está terminado, que no es —y quizás nunca llegue a ser— una obra de “clase mundial”, y, sobre todo, que la militarización de áreas trascendentales de la vida pública está llegando a unos niveles alarmantes con este gobierno.

La autoproclamada superioridad moral de ambos bandos está dificultando enormemente el progreso de este país. Por un lado, los partidarios del presidente se niegan a reconocer lo que es evidente: este régimen no solo no representó un cambio verdadero, sino que devino en motor de la regresión y el atraso. Deberían aceptar (porque ya lo saben, solo que se niegan a reconocerlo) que con un gobierno que fomenta la mediocridad y que mira todo el tiempo hacia el pasado, no vamos a salir adelante en un mundo cada vez más organizado en torno a la tecnología.

Por otro lado, está la oposición que, en 2024 y con la mano en la cintura, saldrá a pedirle el voto a todos aquellos a los que sistemáticamente ha denostado y despreciado. Algunos de estos individuos quieren creer que son muy correctos y razonables, pero a cada rato hacen alarde de su falta de empatía y arrogancia. Recordemos cómo muchos de ellos, durante buena parte del 2020 y aún del año pasado, se rasgaban las vestiduras con las personas que cometían el grave pecado de salir a trabajar para ganarse el pan, como si todo el mundo tuviera manera de laborar a distancia o ahorros suficientes para pasar meses sin percibir ingresos.

Estas dos visiones del mundo son opuestas, pero no quiere decir que una sea correcta y la otra, incorrecta. Tampoco quiere decir que la visión ideal se encuentre en algún punto intermedio. Una actitud mucho más sana sería hacer el esfuerzo de mostrar más sentido común y prudencia, en lugar de tratar de adherirnos a una ideología particular.

Recientemente, México cayó 23 lugares en el ranking de los países más felices del mundo. Esta es, quizás, la prueba más evidente de que no vamos por buen camino. Achacarle toda la responsabilidad al gobierno en turno sin evaluar y corregir la propia conducta es una forma segura de que las cosas no mejoren próximamente.

El problema es que a los mexicanos nos cuesta mucho trabajo procesar y digerir la verdad. Nos gusta pensar que, a diferencia de otras nacionalidades (los argentinos, por ejemplo), somos muy humildes y sencillos, pero lo cierto es que, si tenemos la piel tan delgada, es porque hay algo que está enfermo debajo de ella. El no poder evitar la polarización en interacciones cotidianas es un síntoma de que estamos más enfermos de lo que nos gusta reconocer.

Sería deseable que cada uno de nosotros hiciera el esfuerzo de no allanarle el camino a la enfermedad con una actitud agresiva, intolerante o burlona.

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